Paraíso precario


         Paraíso precario

La democracia, aunque sea corrupta, es una bendición.

La democracia, aunque sea corrupta, es una bendición. Hay 22 millones de personas trabajando, muchas de ellas en subempleos que no llegan para pagar el alquiler; España es el primer destino de turismo y desde la pandemia 2020-21 las ganas de disfrutar el presente se han disparado.

En general tampoco se puede ahorrar ni invertir, para muchas personas el futuro no existe… quizá una entrada para un concierto o una película del año que viene, como la de Nolan sobre La Odisea, aún a medio rodar y que ya vende localidades.

Los conciertos facturaron en España 725 millones de euros en 2024, según datos del Anuario de Música en Vivo, desde 2022 se ha disparado el turismo de música en directo. En cada pueblo hay recitales, verbenas, jolgorio organizado, recreaciones históricas cada vez más rigurosas, festejos, ferias, raves y ciclos de conciertos. Por primera vez en la historia la fruta es más cara que en Francia, fruta española. La inflación y las múltiples burbujas, con la vivienda al frente, mantienen alto el pabellón… y los precios.

La productividad hispana es elevadísima en ocio, sustancias estupefacientes y corrupción política. Las recientes pilladas ventilan nuevos datos que ya no escandalizan a nadie pues es un sistema estandarizado, un sector con sus reglas y sus métodos y comisiones, ya muy engrasados tras cuarenta años de pulir el ecosistema.

Por encima y por debajo de este ajetreo la pugna política hace las veces de circo gratuito, ocio brutal autosubvencionado y dopado con los ingredientes trumpistas y sus variantes locales. El caciquismo clientelar que denunció Costa permea dictaduras y democracias.

La bolsa sube igual que en la metrópoli, un optimismo loco y las ganas de vivir y gozar impiden ver lo malo y lo peor, Gaza, Ucrania, decenas de guerras, efectos de Trump y agotamiento de la era Tatcher-Reagan, que huye al futuro y al derivado con el esquema que culmina con Trump: el Estado es para hacer negocios los que mandan.

Es imposible prestar atención a los horrores porque te vienes abajo, y el gentío quiere estar arriba… mientras se pueda. La pandemia nos enseñó a vivir sin parar, tiktokeando a tope, que corran pantallas, el scroll infinito. Pero mucho antes de ese shock que paralizó el planeta, y unos países más que otros, causado un virus cuyo origen se desconoce, ya habíamos padecido una década de recortes y sacudidas desde el crack de 2008.

Así que a vivir a tope, que el mundo podría acabarse. Tailandia y Camboya se enzarzan en una guerra fronteriza, pura imitación del espíritu-misil de los tiempos; una vez que acumulas tantas armas que ya se quedan obsoletas, tantos F16, drones, misiles… hay que usarlos; vivimos en la épica y la adoración del misil y el dron autónomo, enjambres de muerte barata, como antes se abarataron la ropa y los vuelos…

A la guerra le ha llegado el low cost y países vecinos se lanzan a probar sus nuevos fascinantes juguetes y a consumir los viejos, carísimos y ya pronto sin repuestos ni actualizaciones, ¿qué es un F16 sin IA y extensiones? ¿Acaso no caducan los sistemas de ataque y defensa como caduca el Windows 10?

En este submundo de instantes alocados la mirada esquiva las masacres de Gaza, las mujeres invisibilizadas de Afganistán, los países de los narcos en medio mundo, la invasión de Putin sobre Ucrania... la automoribundia de la Unión Europea refleja a lo grande la parálisis y el pánico de mucha gente entre la que me cuento.

Dentro del horror de los mundos España, con su corrupción, siempre mejorable, es un paraíso, amenazado y precario, pero siempre mejorable. La mayor contrariedad es que se hayan agotado las entradas para un concierto.

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